La vida de cada hombre o mujer en este mundo oscila entre el deseo permanente de felicidad y la confrontación con una realidad que en muchos aspectos y de diversas maneras frustra estas tan sentidas aspiraciones. Las causas de estos males son tan heterogéneas como compleja es la experiencia de cada persona a quienes tocan. Podemos responsabilizar a los políticos, la cultura, el ambiente, la situación económica, el egoísmo imperante, etc. y esta es una intuición de algún modo correcta. Cada persona tiene una responsabilidad especialmente en su situación particular, que contribuye al bien o el mal común.
El problema toca fibras muy profundad del misterio de la vida, pero la respuesta el de algún modo sencilla. Al conocer esta situación calamitosas del mundo, Dios envió a su hijo Jesucristo para inaugurar mediante su pasión, muerte y resurrección, una dinámica de salvación que incoa el Reino de Dios ya en este mundo.
El evangelio exhorta a amar, perdonar y reconciliar los unos con los otros. Invita a tomar la cruz de cada día, para que unidos a Cristo contribuyamos al triunfo de la vida.
Virgen María, madre del redentor, haz que permanezcamos siempre fieles a tu hijo bendito, Jesús.