En este mundo actual, lleno de posibilidades, existe un afán de excluir de la vida pública y privada, toda referencia a Dios y por consiguiente a criterios objetivos de bien y mal. Existe una mentalidad que se fía del concepto de progreso. Los males que soportamos se solucionaran mediante la actividad humana autónoma tendiente a superarlos definitiva y completamente.
Se lucha por alcanzar un desarrollo económico que desterraría definitivamente la lacra de la pobreza, una medicina que erradicaría la enfermedad y hasta la muerte, una educación que permitiría a las persona el acceso a un conocimiento certero y suficientemente completo de la realidad, una moral inspirada en un humanismo que aseguraría la paz y fraternidad entre personas y pueblos, etc.
El cristiano ve las cosas desde la perspectiva de la fe, que ilumina en forma más profunda y consoladora al misterio de la existencia. El origen de los magníficos bienes presentes en el mundo y en nuestra vida es el Dios Creador, bueno y santo. El origen del mal de encuentra en realidad en el pecado, primero de los ángeles y luego de nuestros primeros padres.
El pecado es algo difícil de conceptualizar, pero siempre es en alguna forma contradecir el amor de Dios que se manifiesta en nuestro propio ser como imagen y semejanza de Él y en el rompimiento de la alianza. Cristo obró con su encarnación , pasión, muerte y resurrección, la salvación del mundo, que consiste en liberarnos del pecado para llevarnos a la santidad.
Nuestra alegría no es ingenuidad sino se funda en la esperanza del cumplimiento de las promesas que Dios ha hecho a su pueblo.