La liturgia de la Iglesia recorre a través del año los misterios de nuestra fe. Dios, por un designio misterioso de su sabiduría y de su bondad creó en el principio el universo, y en él al hombre, a imagen y semejanza suya. Y caído por el pecado, sometido a las tinieblas de la muerte y sin Dios ni esperanza en este mundo, vivió en la espera del Mesías prometido, que se iba a manifestar en la plenitud de los tiempos. Esto es lo que rememoramos en el Adviento.
En Navidad se celebran el cumplimiento de las promesas hechas por Dios a su pueblo Israel. En el portal de Belén, pobre y humilde, nace de María, un niño llamado Jesús, que libraría a su pueblo de sus pecados.
Pero es en estas fechas cuando el año litúrgico tiene su culmen . Es tiempo de Pascua. El Cordero inmaculado es inmolado para la remisión del pecado, en una perspectiva que abarca a toda la humanidad , y por estos misterios de la pasión, muerte y resurrección de Cristo es la creación entera y la misma historia, la que es asumida y orientada a la consumación en esperanza del reino escatológico.
Preparemos nuestro corazón considerando la vida de Cristo como modelo de nuestra propia vida. El evangelio y los sacramentos tienen la fuerza del Espíritu Santo necesaria para configurarnos con Cristo en su muerte y resurrección. Limpiando todo nuestro ser de lo que nos impide cumplir a plenitud el más grande de todos los mandamientos, a saber: amar a Dios por sobre todas las cosas y al prójimo como nos amamos a nosotros mismos.
En este camino se encuentra la Virgen del Rosario, en el cual contemplamos con los ojos y corazón de María los misterios de la vida de Cristo, que son los misterios de nuestra salvación.
Dios, Padre de misericordia, nos guarde para la vida eterna, amen.
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