Thursday, September 28, 2006

Cómo entender la moral

Etimológicamente moral viene del latín costumbre. Pero el significado que se nos viene a la mente cuando consideramos la palabra moral es más bien distinto. Por moral entendemos comúnmente como las conductas y acciones que nos parecen correctas, en contraposición a aquellas que resultan malas y dañosas. Captado desde este punto de vista el problema moral esta relacionado con actos que discernimos como buenos o malos, de manera que para juzgarlos tenemos que comprender la implicancia de estos actos en lo que se refiere a sus efectos. Si nuestras acciones producen bien, las tenemos como buenas. Por el contrario si producen mal las tenemos como malas.
Este enfoque de la moral, que implica un discernimiento de la valoración positiva o negativa de los actos según sus consecuencias, nos remite a considerar no ya los actos mismos, sino más bien lo que es bueno y su contraparte lo que es malo. La luz que nos permite reconocer el bien de algo, nos guía en el discernimiento de nuestra conducta según nos acerque al bien, caso en que la llamamos buena, o si contradice esta meta del bien la llamamos mala.
El conjunto de actos que ininterrumpidamente llevamos a cabo en nuestra vida diaria es llamado actividad. El hombre está siempre en actividad. Ya sea pensando, hablando o ejecutando la más variada gama de acciones posibles que por su diversidad es difícil de nombrar con una palabra. Considerando todas las operaciones humanas como actos, nos detenemos a tratar de aquellas que son voluntarias, es decir, de aquellas que dependen de la determinación de la persona. Estos son los actos que interesan ahora, ya que son susceptibles de elección, y por lo tanto la ciencia de la moral puede sernos de utilidad para ordenarlos al bien.
En los primeros párrafos calificábamos los actos según sus consecuencias. Ahora bien, la mayoría de los actos humanos son tan complejos como el hombre mismo. Generalmente no podemos conocer cabalmente las consecuencias de nuestras acciones, sino sólo una parte de ellas. Siendo esta la condición humana, podríamos ordenar nuestros actos según los efectos que podemos prever que tendrán, lo que es en parte lo correcto. Pero como lo que realmente importa es las consecuencias reales de lo que hacemos, más que las que nosotros podemos atisbar, deberíamos buscar unos criterios de conducta que considerasen esta realidad. Un intento de aproximación es incorporar al discernimiento individual las ayudas que presta la ley y la autoridad, no consideradas desde el punto de vista político, sino más bien ético. En este caso nuestro actuar esta condicionado no solamente por nuestra apreciación personal de la calidad de nuestro proceder, sino también por la consideración de la sanción que otros dan a lo que hacemos mediante normas y órdenes, en el caso de la ley y la autoridad respectivamente. Esto puede a primera vista aparecer como una merma a nuestra libertad y por lo tanto inaceptable, pero considerado con más detención se nos revela con una actitud conforme a una verdad profunda del hombre. Es que toda la vida es un proceso de desarrollo y crecimiento, en el cuál la persona llega a ser alguien no según criterios indefinidos, sino según aquellos que emanan de su verdadera naturaleza y vocación.
Creemos que existe el bien, que puede ser juzgado en forma objetiva. Para alcanzarlo hemos propuesto dos instancias que se complementan, a saber, el discernimiento de la conciencia y las normas externas.

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